Zacarías Franco era un hombre larguirucho, huesudo y de extrañas costumbres. Todos los días se acostaba exactamente a las 8:57 de la noche, sólo tomaba leche y, a pesar de no tener un pelo en la cabeza, se cepillaba la calva con un cepillo de bambú que guardaba meticulosamente en un pañuelo de terciopelo.