Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no llegó alcanzar y que rodó hacia la
banca donde Roberto, solitario, observaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De un
salto aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, saltó el seto de granadilla, metió los pies
en una acequia y atrapó la pelota que estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando se
la alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, pareció cambiar de lente, observar algo que nunca había
mirado, un ser retaco, oscuro, bembudo y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido, que
había tal vez visto como veía todos los días las bancas o los ficus, y entonces se apartó aterrorizada.
Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a la carrera: “Yo no juego con zambos”. En relación con el texto anterior, marca la alternativa correcta.